La soledad del ciudadano

La debilidad de las instituciones del país es probablemente uno de los mayores problemas que enfrenta la sociedad para encontrar vías de desarrollo con igualdad de oportunidades.
Se trata de una debilidad que permite los actos de corrupción y la impunidad que laceran el tejido social y descomponen las relaciones entre los gobiernos y sus gobernados, ante la ausencia de legitimidad de los primeros por la pérdida de la confianza de los segundos.
Y esto no quiere decir que los entes públicos sobre los que se soporta el diseño institucional del país, de los estados y de los municipios no tengan recursos o personal suficientes para desempeñar su labor. Es todo lo contrario, y a veces, también caen en el exceso.
El problema es que la operación institucional está dirigida a ensalzar las decisiones —y muchas veces, los caprichos— del jefe en turno. Está más ocupada en potenciar aspiraciones personales y políticas, dejando de lado las necesidades de la comunidad, a la que se le brinda medianamente atención sólo cuando es conveniente hacerlo y no la totalidad del tiempo, como debiera ser.
Ante tal debilidad de las instituciones que rigen la convivencia social, el ciudadano está solo, desvalido. Su única arma para hacer escuchar su voz es el voto en las elecciones de sus autoridades. Pero resulta que también esas instituciones, entendidas como los partidos políticos, están secuestradas por esos intereses unipersonales o de reducidos grupúsculos, que no permiten el ascenso de liderazgos emergentes que pongan en riesgo sus privilegios.
Esta situación ha tenido graves consecuencias. Ante el estancamiento del país en diversas materias, pero particularmente en las del desarrollo económico y la educación, amplias franjas de la población han decidido tomar la ruta de la criminalidad para buscar los satisfactores que no encuentra por la vía de la legalidad y la institucionalidad.
Sin que suene a una justificación, la debilidad de las instituciones que lleva a la corrupción y provoca el resentimiento social, tiene su expresión más radical en el ingreso a las filas de la delincuencia de cientos de personas que no encuentran oportunidades de aspirar a una vida mejor de otra manera, aunque a lo que terminan enfrentándose es a una degradación aún mayor de su existencia y de su entorno.
¿Qué nos queda hacer a los ciudadanos ante un panorama tan sombrío e incierto? Creo que a pesar de todo, hay mucho que podemos hacer. En primer lugar, empujar, ejercer una gran presión social para exigir que las instituciones funcionen como deberían. Hay varias vías para hacerlo, y la principal de todas sigue siendo la electoral.
Es indispensable que desde la ciudadanía obliguemos a la apertura de espacios para la participación libre y abierta de la sociedad en la toma de decisiones. Tanto saliendo a ejercer el derecho al sufragio cuando se celebren elecciones, como participando directamente en los procesos políticos, presentando propuestas que permitan mejorar nuestra condición de vida.
Está más que demostrado que la apatía ciudadana, el dejar en manos de los políticos tradicionales las decisiones fundamentales sin exigirles la debida rendición de cuentas provocó situaciones atroces como las que padecimos los últimos años en Veracruz. Lo hemos pagado y lo seguimos pagando mucho muy caro.
Por ello es que de nada nos sirve festinar la detención del exgobernador Javier Duarte si esas instituciones no nos dan la certeza de justicia y en cambio, como muchos me han dicho, sólo se usan para favorecer intereses electorales de coyuntura, donde ya tirios y troyanos se adjudican el triunfo de su detención, y como si con ello los jubilados y los empresarios a los que se les debe fueran a quedar satisfechos.
Es momento de que los ciudadanos dejemos de estar y actuar solos. Ha llegado la hora de unir esfuerzos. Por nuestro país, nuestro estado y nuestro municipio.

*Presidente de la Asociación Civil Nuestro Municipio
correo@nicanormoreira.mx
Facebook: Nuestro Municipio


Nicanor Moreira

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